La violencia digital cruzó la pantalla y cambió su vida por completo. La periodista Vanina Naumtchuk decidió romper el silencio y contar en sus redes sociales el calvario que atraviesa desde agosto de 2025, cuando una persona a la que asegura no conocer comenzó una campaña de hostigamiento que, con el paso de los meses, escaló hasta afectar su trabajo, su tranquilidad y su seguridad personal.
“Escribo porque estoy viva”, expresó en el comienzo de su estremecedor testimonio, en el que reconstruyó cómo una serie de publicaciones anónimas terminó convirtiéndose en una pesadilla cotidiana.
Según relató, todo comenzó cuando una persona, detrás de un seudónimo, abrió perfiles en redes sociales y publicó mensajes en los que utilizaba su nombre, apellido, fotografías y hasta el lugar donde trabaja. En esas publicaciones, el desconocido la vinculaba con un supuesto grupo de personas que, según su versión, lo había expulsado del sistema.
Al principio, Vanina optó por ignorar los contenidos y no entrar en confrontaciones. Incluso recordó que el primer contacto se produjo a través de Instagram, cuando recibió una invitación para colaborar en una publicación que decidió rechazar. Después de ese episodio, los videos y mensajes continuaron.
Sin embargo, lo que parecía una situación extraña y pasajera terminó tomando una dimensión mucho más preocupante.
Uno de los episodios que marcó un antes y un después ocurrió durante el último verano, cuando la periodista recibió un mensaje de una de las marcas con las que trabajaba. La responsable de la empresa le contó que un desconocido se había comunicado con ella por Instagram y WhatsApp para cuestionar la decisión de contratarla.
De acuerdo con su testimonio, los mensajes contenían insultos e injurias y buscaban convencer a la marca de que dejara de trabajar con ella.
Pero el hostigamiento no terminó allí. Vanina denunció que también utilizaron inteligencia artificial para generar imágenes de connotación sexual y otras que la vinculaban con el consumo de cocaína, siempre con su rostro y su nombre.
La situación la desbordó emocionalmente. “Lo primero que hice fue llorar”, recordó al describir la vergüenza, la impotencia y hasta la culpa que sintió frente a una situación que, según remarcó, nunca había buscado.
Decidió pedir ayuda a sus familiares y amigos y realizar la denuncia correspondiente. Tras acudir a la comisaría y a la Fiscalía Especializada en Ciberdelitos, contó que fue recibida con respeto y contención. Sin embargo, el proceso también estuvo atravesado por el miedo: al relatar lo sucedido, sufría temblores involuntarios y llegó a tener un ataque de pánico.
La persecución virtual dejó de ser solamente un problema relacionado con las redes sociales. Según contó la periodista, comenzó a modificar sus hábitos por temor a que la persona denunciada pudiera acercarse a ella.
Durante semanas, evitó estar sola. Su hermano, sus amigos e incluso los taxistas que trabajaban frente al canal donde desempeña sus tareas se convirtieron en una compañía y una forma de sentirse más segura.
También cambió sus recorridos, alternó horarios y dejó de caminar habitualmente por los mismos lugares. Su vida comenzó a reducirse a los trayectos entre el trabajo, el gimnasio y su casa.
Tiempo después, recibió una noticia que le devolvió algo de tranquilidad: la Policía le informó que habían identificado a la persona denunciada y que permanecería detenida durante algunos días.
Cuando creía que podía recuperar parte de su tranquilidad, Vanina se encontró con nuevas publicaciones que anunciaban su supuesta muerte.
Los mensajes circulaban en grupos de compra y venta de distintas plataformas, a través de perfiles diferentes. Uno de ellos estaba acompañado por una fotografía suya entre nubes blancas y palomas, junto a una frase que la impactó profundamente: “Justicia por Vanina”.
La periodista contó que no sabía si se trataba de una provocación, una broma de mal gusto o una amenaza que debía tomar como una señal de peligro. Frente a la situación, volvió a recurrir a la Policía y continuó con las actuaciones judiciales.
En una nueva instancia, explicó ante las autoridades que las publicaciones persistían, que la persona denunciada había incumplido una restricción digital y que su exposición pública, como periodista de televisión y creadora de contenido, hacía especialmente difícil pasar inadvertida en una ciudad donde muchas personas se conocen.
Fue entonces cuando conoció una herramienta que hoy forma parte de su vida cotidiana: el botón antipánico.
Según explicó en su publicación, el dispositivo funciona mediante una aplicación instalada en un celular secundario y permite establecer contacto con el 911, además de facilitar su ubicación por geolocalización. Ante una situación de peligro, puede activarlo para solicitar asistencia policial.
Sin embargo, la propia periodista puso el foco en los límites de esa protección: el dispositivo permite pedir ayuda cuando el peligro ocurre, pero no impide que una agresión suceda. “Diez minutos, en una situación de peligro, pueden convertirse en una eternidad”, reflexionó.
Vanina aclaró que reconoce el acompañamiento recibido por parte de sus familiares, amigos, la Policía y la Justicia, pero sostuvo que las herramientas disponibles no le ofrecen las garantías que necesita para recuperar plenamente su tranquilidad.
“Ahora camino con un dedo en un botón antipánico, por si una persona que no conozco y a la que nunca vi invade mi seguridad”, escribió, dejando en claro que el daño no desaparece cuando se apaga el celular. A veces, el miedo permanece mucho después de cerrar la pantalla.



