La historia de Agustín Federico Servín no arranca con un “me hice viral de un día para el otro”. Al contrario. Tiene más de ensayo y error, de idas y vueltas, de carreras empezadas, pausadas y retomadas, de mudanzas, dudas y una pregunta que lo acompañó durante años: ¿quién soy y desde dónde quiero pararme en el mundo? A los 32 años, psicopedagogo recién recibido y acompañante terapéutico, Agustín mira hacia atrás y entiende que nada fue casual. Ni siquiera esos videos grabados casi “de entre casa” que hoy superan el millón de visualizaciones.
Durante cinco años vivió en Buenos Aires buscando su lugar en el ámbito universitario. Probó Psicología, se replanteó, dejó, volvió a intentar. La educación siempre estuvo ahí, como mandato familiar pero también como deseo personal. “En mi familia todos estudiaron, se especializaron, y eso de alguna manera me empujaba”, cuenta. Pero mientras la cabeza iba y venía entre teorías, materias y finales, había algo que nunca se apagó: el deseo de actuar.
Ese amor por el escenario nació temprano, a los 13 años, en Posadas, cuando comenzó teatro en el mítico espacio La Antifaz, de la mano de Christian Ferry, a quien Agustín no duda en llamar su gran mentor. Imitar, improvisar, exagerar gestos y voces era casi un acto reflejo. En reuniones, eventos sociales o simplemente entre amigos, la actuación siempre encontraba la manera de salir. Pero durante mucho tiempo quedó guardada en un cajón, como una faceta “linda pero poco seria”, de esas que muchos creen que no pueden convertirse en un proyecto de vida.
La pandemia cambió el tablero. Con el encierro llegó TikTok y, casi sin darse cuenta, Agustín empezó a subir videos usando audios virales, actuándolos, reinterpretándolos y sumándoles su propio sello. Nada fue inmediato. “El trabajo en redes no es fácil, lleva tiempo, ideas, frustraciones”, aclara. Mientras estudiaba Psicopedagogía en el Instituto Montoya —carrera a la que se animó a inscribirse en 2022 y que terminó enamorándolo por su mirada integral del ser humano—, en los ratos libres grababa, editaba y probaba.
De a poco, los números empezaron a hablar. Cambió el celular, mejoró el sonido, pensó planos, craneó ideas. Algunos videos explotaron: millones de visualizaciones, más de 150 mil likes, seguidores que crecían sin parar. Hoy suma alrededor de 18 mil seguidores entre TikTok e Instagram, pero lo que más valora no es el número, sino los mensajes: “me hacés reír”, “me alegraste el día”, “me siento identificado”. Y ahí está la picardía: Agustín no actúa personajes lejanos, actúa lo cotidiano, lo exagera apenas, lo vuelve espejo.
El reconocimiento también llegó desde lugares impensados. Martín Cirio compartió uno de sus videos —hecho con un audio suyo— y las redes de Servín explotaron. “Me emocionó mucho, tengo hasta el video guardado”, confiesa. Y como si fuera poco, logró unir sus dos mundos: en 2025 fue convocado para realizar contenidos audiovisuales promocionales del Congreso de Psicopedagogía en Posadas. Para él, un mimo enorme. “Ser estudiante y que confíen en vos para algo así… te llena de orgullo”.
Claro que no todo es color de rosa. Están los haters, los comentarios hirientes, las críticas a la forma de hablar o de actuar. “Al principio choca, duele”, admite. Con el tiempo, aprendió a filtrar, a borrar, a seguir. Porque por cada comentario negativo, hay decenas que celebran su autenticidad. Y eso pesa más.
Hoy, Agustín Servín sabe que el próximo desafío será convivir con sus dos identidades: la del profesional de la salud y la del creador de contenido humorístico. Separarlas cuando haga falta, mezclarlas cuando sea posible. No piensa abandonar las redes; al contrario, quiere seguir creciendo, innovando y demostrando que el humor también puede ser una herramienta poderosa de conexión. Entre mates compartidos, filmaciones improvisadas en habitaciones o lugares random y una producción que sigue siendo, en gran parte, autogestiva, Agustín sigue apostando. A reírse de sí mismo, a hacer reír a otros y a demostrar que, a veces, encontrar el camino no es elegir una sola cosa, sino animarse a ser todo lo que uno es.


