La emotiva carta a Bohdan, el refugiado ucraniano que vivió en la Tierra sin Mal

El periodista Fernando Oz fue enviado especial de la revista GENTE a la Guerra en Ucrania, pero especialmente fue amigo de Bohdan, el primer refugiado de Ucrania que vivió en Misiones y que decidió volver para luchar por su país. En emotivas líneas recuerda su paso por la zona en conflicto

Por Fernando OZ para GENTE

Pasaron 365 días desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania, conflicto que hasta el momento ha dejado un saldo de 7199 muertos y 11756 heridos, según datos preliminares de la ONU. En tanto el Gobierno ucraniano denunció que más de 16 mil niños sufrieron ejecuciones, violaciones, torturas o secuestros.  Por lo que más de ocho millones de personas han abandonado el país desde aquel 24 de febrero de 2022.

Hoy, el corresponsal de guerra le dedica una sentida carta a un amigo ucraniano -el primer refugiado ucraniano en llegar a Argentina- que decidió volver a la guerra.

La carta de Fernando Oz a su amigo Bohdan de Ucrania

Estimado amigo, hace poco más de un mes que no sé nada de vos. La última vez me dijiste que ibas rumbo a Ivano Frankivsk para ver a tu madre. ¿Pudiste verla? ¿Cómo se encuentra? ¿Cómo están las cosas?

Hace un par de semanas Oscar, el mendocino que vive en aquel pueblo, me contó que los rusos tiraron un par de misiles por la zona. Por suerte no hubo más daños que los materiales. De todos modos, ya sabés lo que opino del tema, la guerra es un cartón de bingo con menos números de los habituales. Tocó y tocó. El tiempo y el azar. También me dijo que su hijo José sigue esperando con ansias que lo enlisten. Así como te lo digo. Ya pasó un año y el pibe conserva esa loca idea de ir a combatir. Cuando tuvo la oportunidad de salir del país no lo hizo y decidió cumplir los 18 ahí, para quedarse a defender su tierra, tal como les dijo a sus padres. Pasa siempre lo mismo, la sangre joven es la que más se derrama en los frentes de batalla.

El viejo Sergio me dijo que el invierno lo trata bastante mal, que los cortes de electricidad en el sur de Kiev son más seguidos desde el mes pasado, cuando estalló una pequeña estructura de transmisión de alta tensión. Él cree que fue una acción de sabotaje de espías rusos que se encuentran operando en zonas urbanas. Respeto su opinión, vivió mucho, conoció la Ucrania que estuvo bajo el filo de la hoz del imperio soviético, sabe lo que dice. “Vea bien, oiga bien. Mire todo y preste atención a los sonidos. Vea bien, oiga bien”, me decía el viejo. Me gusta hablar con él y espero verlo en primavera, quedé en llevarle unos medicamentos.

De quien sigo sin saber nada es de Alexander. La última vez que nos vimos fue en el funeral de uno de sus jefes, Oleg Ivanovich Kutzin, un veterano cosaco de 56 años que había muerto en una posición defensiva en Jersón. Nos hablamos hace varios meses, me había dicho que sin principios ni códigos no se llega a ningún lado, que se iba a una misión al frente del Donbás y que extrañaba a su hijo. Tenía la voz cortada, creo que los dos presentíamos que no íbamos a comunicarnos nunca más. Sabíamos que así son las reglas y las aceptamos. Qué historia la del pibe ese. Se fue con su mujer y su bebé a Ucrania para no terminar de purgar una pena por xenofobia y racismo en Argentina y terminó preso de una guerra con una Kalasnikov al hombro en busca de un símbolo de paz. Me ayudó mucho durante mi segunda incursión en territorio hostil y le estoy agradecido.

Supongo que estás al tanto de la última barbaridad de Putin, la del martes pasado, cuando anunció el congelamiento del tratado de desarme nuclear con Estados Unidos. No sé hasta dónde es capaz de llegar. Recuerdo que me decías que tenías miedo de que Rusia utilice armas no convencionales y ahora me pregunto si habrá algo de eso detrás de lo que dijo. No tengo claro el contenido de ese pacto, sé que se firmó en 2010 y que termina en 2026.

Vos podés creer que el muy canalla estuvo hablando durante una hora y 45 minutos en el Parlamento y no mencionó ni una sola vez la palabra ‘diálogo’. Es más, dijo que Rusia se prepara para una “larga campaña militar” en Ucrania. Sí, sigue diciendo que es una “campaña” y no una guerra.

Lo que hay en Ucrania es una puta guerra. Una guerra que hoy cumple un año y que ya ha matado a más de 8.000 civiles, casi 500 niños; leí por estos días que Unicef dijo que exactamente fueron 487 niños y unos mil heridos, no sé cuántos de ellos mutilados, como los chicos que vi deambular en Dnipro, Kherson, Zaporizka, Karkiv, o los que escapaban en junio de Lysychansk, sitio al que jamás pude llegar. No sé cuántas bajas militares hubo, vos sabés que esas cifras casi nuca son reales. No me animo a calcular, en uno de los vagones del último tren que tomé en Ucrania habían apilonado casi una treintena de cuerpos en bolsas negras, todos sobre un rincón. 

Hay millones de desplazados, pero qué te puedo decir a vos sobre la odisea por la que pasan los refugiados. Nunca me voy a olvidar la noche que llegaste a mi departamento de Buenos Aires. Un poco de inglés, otro poco de italiano y con los traductores de nuestros celulares sobre la mesa para despejar dudas. Nos entendimos rápido, los dos habíamos aprendido el silencioso idioma de la guerra, donde lo peor y lo mejor del ser humano se observa a flor de piel.

Bebimos mucho whisky. Vos me hablabas de tu escape de Sumy, justo en la frontera con Rusia, mientras estaba siendo sacudida a bombazos durante los primeros meses de la invasión. Yo te contaba sobre los desesperados rostros de los que evacuaban Irpin y Bucha y de los mensajes y videos que vía Telegram había recibido una joven mesera de Kiev de parte de su prima; la filmación, tomada desde el primer piso de un edificio, mostraba cómo avanzaba por la calle un tanque cargado de soldados rusos, de fondo se escuchaban las detonaciones. La toma se interrumpió cuando un pelotón pateó la puerta del departamento para violarla y comerse la poca comida que había. ¿Te acuerdas amigo Bohdan de aquella primera borrachera?.

¿Cómo estás? Necesito saber de vos. Quiero saber del médico inglés. ¿Recordás de lo que te conté? Ese tipo valiente, macizo, retacón, pelado, que llegó como voluntario y recorría la primera línea salvando niños, mujeres, ancianos, soldados y hasta perros. Quiero saber de aquella artista que se metió de fixer cuando estalló la guerra y el teatro en el que trabajaba terminó siendo un refugio. Quiero saber de esa sonriente familia de Bucha, con un hijo en sillas de ruedas, que estuvieron casi dos semanas en un sótano y cuando salieron se encontraron con su casa y toda la cuadra destruida; “Dios nos ayudó”, me decían. Quiero saber de la mujer que limpiaba en el hotel Sakvoyazh por unas pocas grivnas y un plato de comida para sus tres hijos, la que había escapado de Mariúpol, donde quedó enterrado su marido tras un bombardeo de la poderosa flota rusa del Mar Negro.

Necesito saber de todos ellos. El viejo Sergio me dijo que tengo la obligación de no olvidarme y de contarlo cada vez que tenga posibilidad de hacerlo. Te extraño amigo, no dejes de comunicarte.

En la biblioteca de casa, en Posadas, tengo un retrato de la última selfie que nos hicimos antes de que tomes el avión en el aeropuerto de Ezeiza. Cada vez que la veo me salta el humor negro. Bohdan se cansó de los argentinos, de la miseria política de este país, de los inescrupulosos empresarios, de la infrenable inflación, de nuestra ignorancia, y prefirió volver a la guerra para estar con los suyos. Así lo digo, mientras se me dibuja una sonrisa como la de los cosacos del cuadro de Iliá Repin, ese en el que están alrededor de una mesa escribiendo la famosa carta al Sultán. Pero también se me escapa un lagrimón. ¡Save Ukraine!