La historia de Matías Melnik comenzó mucho antes de convertirse en médico. Su vínculo con la medicina nació desde el lugar más difícil: una infancia atravesada por el cáncer, hospitales y tratamientos que marcaron para siempre a su familia. Matías tiene 24 años, nació y vive en Posadas y actualmente realiza la pre-residencia de ginecología y obstetricia en el Hospital Materno Neonatal y el Hospital Madariaga. Pero detrás del guardapolvo blanco hay una historia de lucha, fe y resiliencia que hoy inspira a muchos jóvenes.
“Decidí estudiar medicina porque viví situaciones de salud muy particulares, tanto mías como de mi mamá. Creo que una parte de mi motivación nació ahí, y también de la vocación de ayudar a personas que atraviesan momentos difíciles”, cuenta. Cuando tenía apenas unos meses de vida, sus padres detectaron un pequeño nódulo debajo de su oído derecho. Lo que parecía algo benigno comenzó a crecer y, tras múltiples estudios y derivaciones, la familia viajó a Buenos Aires en busca de respuestas.

Su mamá, Clarita, recordó aquellos días: “Mati fue un bebé muy esperado. Cuando nació, a los siete días le detectaron un nodulito debajo del oído. Empezó a crecer y después de muchos estudios nos derivaron al Hospital Italiano y al Garrahan. Ahí nos dijeron lo que nunca queríamos escuchar: era un cáncer muy agresivo y extremadamente raro en niños”, relata.
El diagnóstico fue un tumor neuroectodérmico primitivo en la zona de la parótida y oído medio, una enfermedad tan poco frecuente que en ese momento no existía un protocolo específico para tratar a un bebé de su edad. A partir de entonces comenzó una batalla intensa: 14 protocolos de quimioterapia, 28 sesiones de radioterapia y una cirugía de 15 horas. La familia permaneció más de un año en Buenos Aires mientras atravesaban uno de los momentos más duros de sus vidas. “Fue muy complicado asimilar el diagnóstico. Siempre digo que es como venir a 120 kilómetros por hora y chocarte contra un paredón. Ahí tenés que volver a armarte y reconstruir tu familia”, expresa Clarita.
Matías tenía apenas un año y medio, por lo que hoy no conserva recuerdos nítidos de aquella etapa. Sin embargo, reconoce que la fortaleza de su familia fue determinante: “Mi mamá estuvo conmigo durante todo el tratamiento. Mi papá era el sostén económico de la casa y mi hermano mayor quedó con mi abuela en Oberá. Creo que lo más difícil fue estar lejos de la familia y atravesar una situación económica complicada en plena post crisis de 2001”.
Con el paso de los años, la enfermedad quedó atrás, pero dejó una profunda enseñanza. Lejos de generar miedo, los hospitales se transformaron en el lugar donde descubrió su propósito: “Hoy entro a cualquier hospital y siento que es mi lugar en el mundo. Sé que ahí quiero estar y que ahí puedo ayudar mejor a las personas”.

Su experiencia personal y familiar terminó de consolidar su vocación. Después de superar el cáncer infantil, también acompañó a su madre en sus propias luchas contra el cáncer de mama y de útero. Actualmente, Matías se prepara para rendir el examen de residencia mientras da sus primeros pasos en la medicina. Eligió orientarse hacia la ginecología y obstetricia porque siente que esa especialidad reúne dos aspectos fundamentales de su vida: “Siento que estoy llamado a ayudar desde la parte oncológica por todas las vivencias que tuve, pero también me emociona la posibilidad de traer vidas al mundo. Es una especialidad muy noble y gratificante”.
Más allá de los logros académicos, Matías sostiene una mirada profundamente humana sobre la medicina y la vida. Dice que aprendió a valorar el presente y a agradecer cada día: “Hoy estamos y mañana no sabemos. Hay que vivir el día a día, disfrutar y estar agradecidos”.
Además, deja un mensaje para quienes atraviesan enfermedades o momentos difíciles: “La medicina cumple un rol fundamental, pero también hay que creer en Dios, poner de uno mismo y no abandonar nunca los tratamientos. La prevención siempre es la mejor medicina”.

Y especialmente, dedica unas palabras a los jóvenes que sueñan con construir su futuro: “A los que están planificando y soñando con ser alguien el día de mañana, les digo que todo lo que se propongan lo pueden lograr con perseverancia y trabajo duro. Sueñen en grande, porque con dedicación las cosas pueden cumplirse”.
La historia de Matías Melnik es la prueba de que incluso los momentos más difíciles pueden convertirse en motor para ayudar a otros. El niño que un día luchó por su vida hoy camina los pasillos de un hospital con la convicción de salvar muchas más.




