Con ese tono filoso y sin anestesia, Victoria González puso en palabras algo que muchos piensan pero pocos se animan a decir en voz alta. Entre la ironía, la bronca y la catarsis colectiva, la periodista desarmó lo que llama “el manual de la familia tóxica”, una especie de reglamento no escrito donde la felicidad ajena siempre está bajo sospecha.
Según su mirada, todo aquello que se salga del molde tradicional activa alarmas internas: sonreír demasiado, estar en pareja, viajar, estar en paz. “No te quieren ver mal, pero tampoco tan bien”, disparó irónica.
El relato avanzó y el tono se volvió más visceral. La “preocupación fingida”, (esa que no pregunta cómo estás sino si pensaste bien lo que estás haciendo), los comentarios deslizados fuera de horario, las observaciones disfrazadas de cariño y el control camuflado de tradición forman parte del coctel de fin de año. “No es amor, es control”, sentenció claramente.
Lejos de gritar, describió a la familia tóxica como observadora, calculadora, opinadora serial desde la distancia. Esa que ama hasta que te ve feliz, hasta que dejás de necesitarla o de responder a su guion. Su mensaje, cerró con un “adiós” que resonó fuerte en redes y abrió un debate incómodo pero necesario.
¿Exagerada? ¿Valiente? ¿Identificable? Lo cierto es que su reflexión no pasó desapercibida y volvió a poner sobre la mesa una pregunta que incomoda: ¿todo lo que viene de la familia es amor… o a veces también es miedo a verte libre?


