En la capital misionera hay sitios que cargan con un pasado difícil de borrar. Uno de ellos es el antiguo pabellón central del Hospital Madariaga, en Posadas. Durante años, generaciones enteras hablaron de sombras que cruzaban pasillos vacíos, figuras femeninas asomadas en ventanas clausuradas y respiraciones que parecían filtrarse detrás de puertas cerradas. El mito creció en voz baja, alimentado por enfermeros, médicos y vecinos que juraban haber sentido algo imposible de explicar.
La historia fue narrada en el podcast “Un cuento más”, en el capítulo N°1 de la Temporada 2: “El Pabellón del Madariaga”, con la destacada locución de Martín Sequeira y la producción general de Maximiliano Ocampo, productor y director de Radio y TV. Allí se reconstruye lo que vivió Horacio, el sereno del turno noche que conocía cada baldosa floja, cada lámpara parpadeante y cada crujido del edificio viejo cuando el viento golpeaba los muros. Su rutina era siempre la misma: rondas silenciosas y el eco de sus propios pasos.
Una madrugada, exactamente a las tres en punto, el aire cambió. Un ruido seco quebró el silencio. Eran pasos. Firmes. Acelerados. Demasiado claros para ser el viento. Horacio apuntó su linterna hacia el pasillo: no había nadie. Solo polvo suspendido y el zumbido eléctrico de cables antiguos. Entonces lo escuchó. Un susurro femenino que parecía deslizarse desde la escalera clausurada del fondo: “No te quedes solo”. La linterna tembló en su mano. Y cuando giró hacia el viejo consultorio de aislamiento, la vio. Una figura blanca, inmóvil, al final del corredor. No avanzó. No hizo ruido. No necesitó hacerlo.
Esa fue la última noche de Horacio en el hospital. Nadie logró convencerlo de regresar. Algunos aseguran que, desde entonces, las sombras continúan recorriendo el pabellón vacío. Otros dicen que la presencia no se quedó entre esas paredes, que lo siguió más allá del edificio. Lo cierto es que, cuando cae la noche, muchos evitan pasar frente al antiguo pabellón. Porque hay silencios que no son silencio. Y hay lugares donde nadie, absolutamente nadie, debería quedarse solo.


