Por Cristian Franchi
Posadas volvió a latir al ritmo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Esta vez no fue una de aquellas históricas misas originales, pero la esencia estuvo intacta. De la mano de Rey Garufa y sus Timadores, la ciudad vivió una noche que difícilmente se borre de la memoria colectiva.
Lo que ocurrió en el Club Huracán fue más que un show: fue un encuentro generacional. De un lado, aquellos que alguna vez supieron lo que era estar frente al escenario en una misa ricotera real; del otro, los más pibes, herederos de una mística que se transmite como un legado. Todos unidos por un mismo lenguaje, el de canciones que nunca dejaron de decir algo.

El inicio no fue casual. “Nuestro Amo Juega al Esclavo” abrió la noche con una frase que retumbó fuerte: “Violencia es mentir”. No solo como guiño a la historia redonda, sino como un mensaje que atraviesa el presente. Porque si algo tiene el universo ricotero es esa capacidad de resignificarse en cada época, en cada contexto.
A lo largo del show, Rey Garufa recorrió distintos momentos de la discografía, logrando que el público no tenga respiro. Hubo pogo, hubo emoción y hubo comunión. Cada tema fue una excusa para saltar, cantar y sentirse parte de algo más grande. El Club Huracán se convirtió, por unas horas, en ese territorio simbólico donde todo cobra sentido.

Y claro, el cierre tenía que estar a la altura. “Ji ji ji” desató lo inevitable: el pogo más grande del mundo. O al menos, uno que se sintió como tal. Una explosión colectiva que terminó de sellar una noche épica. Porque en tiempos donde muchas cosas parecen diluirse, hay rituales que siguen siendo necesarios. Posadas lo entendió así, y Rey Garufa fue el vehículo perfecto para recordarlo.
Una misa ricotera que no solo homenajeó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, sino que también volvió a poner en alto una consigna que resuena más vigente que nunca: violencia es mentir.



