Hay lugares que no se olvidan, aunque el tiempo pase. La Piedra ubicada en la playa de Laranjeiras (Camboriú) es uno de ellos. Después de muchos años, Emiliano Andreoli regresó a ese lugar que guarda recuerdos de su infancia y se reencontró no solo con el paisaje, sino también con su propia historia.
“La verdad es que desconozco cuántos años tenía cuando vine a Laranjeiras y me subí doscientas veces a esa piedra”, recordó el periodista. El regreso se dio casi como una deuda pendiente. Durante un viaje con amigos, Andreoli decidió saldarla. “En este viaje que hicimos con amigos dije: vamos, es el momento”, contó. Fue allí, ya en lo alto, cuando el paso del tiempo se hizo evidente. “Me doy cuenta de que ya no soy aquel pibe de 12 años; con 36 todo cuesta un montón más”.
El esfuerzo físico fue parte del desafío. El cansancio y la exigencia marcaron la experiencia, incluso cuando evaluó saltar desde la piedra de unos 15 metros de altura hacia el mar. “Allá arriba dije no, no me animo. Y no lo hice”, relató. “Tomo coraje, tomo aire porque estaba recontra cansado de llegar hasta allá nadando”.
Finalmente, el regreso a tierra trajo alivio y satisfacción. “Disfruté muchísimo, pero acá está. Volví, volví a la tierra”, resumió.
Más que una excursión, el regreso a la Piedra de Laranjeiras fue un viaje a la memoria: un cruce entre la infancia y la adultez, donde el paisaje funciona como testigo del tiempo y de las historias personales que siguen esperando ser revisitadas.


